El rincón de mi escritura

«¡Por fin viernes!» Madres agotadas, hijos hambrientos de madre

Hoy por hoy, tengo más proyectos guardados en el cajón que libros publicados, pero no hay uno solo que haya dado por fallido. Estos proyectos no están sepultados en el cajón, sino solo a la espera de que pueda terminar de desarrollarlos y puedan ver la luz. Esto es así porque todos ellos hablan de cosas que resuenan en mi interior, cosas de las que me urge hablar… Pero hasta que llegue el día en que sean publicados, voy a ir compartiendo algunos de los textos que los conforman. Hoy mismo, «¡Por fin viernes!», un relato que forma parte de la colección Manos en el barro.

Manos en el barro

Manos en el barro nació de la necesidad de hablar sobre crianza, que de momento se ha materializado, este hablar sobre el tema, en el blog de Érase una vez tú. Desde que soy madre, he reflexionado mucho acerca de lo que es la buena y la mala crianza. Y esto se tradujo en una colección de relatos que hablan de ello. La forma en que criamos va a modelar a las personas adultas en que van a convertirse nuestras hijas e hijos.

Nosotros, los padres y madres, somos las manos que van a modelar el barro, porque nuestros hijos e hijas, desde que nacen, son pura arcilla, y la crianza es lo que les va a dar forma. Una buena crianza formara un adulto con todos sus miembros, lleno de fortaleza, barro bien cocido. Una mala crianza, en cambio, formará adultos mutilados, con los miembros deformes y a medio cocer, quebradizos, inacabados. Esto es Manos en el barro.

manos en el barro
Foto: Enric Sagarra, Pixabay.

«¡Por fin viernes!», un relato sobre madres agotadas y ausentes

«¡Por fin viernes!»es el relato que abre la colección y nos habla de una madre demasiado ocupada, demasiado agotada, demasiado ausente, y de un hijo que anhela a su madre, que la adora, la ama y termina apartándose, dejando de «molestar» para sumergirse en las pantallas y que su madre esté tranquila.

Creo que «¡Por fin viernes!» es un cuento muy actual, que nos habla de una lacra que está a la orden del día. ¿No podría esa madre buscar espacios de descanso sin tener necesariamente que recluir a su hijo en el vacío y la inacción de las pantallas? ¡¿Por qué?! ¿No podría hablar con él, confesarse, confesar su necesidad e invitarle a disfrutar de algo que alimentase su alma más que de algo como las pantallas, que la succiona? ¿No podría indagar sobre sí misma y preguntarse por qué esta necesidad de dejar bien colocado a su hijo frente a una pantalla para sentirse ella libre y sin culpabilidad?

Durante un tiempo a mí me pasó lo mismo que a la madre de «¡Por fin viernes!» y todavía no comprendo del todo qué es lo que operaba dentro de mí. Afortunadamente, siempre fui consciente de lo dañino que era esto y logré deshacerme de esta necesidad. Pero vamos al cuento:

¡Por fin viernes!

«¡Por fin viernes! ¡Todo el fin de semana con mamá! Y mañana, al teleférico. Lleva dos fines de semana que no puede, pero este me lo ha prometido seguro… una cruz en el pecho… jajaja… Cómo me gustan los sábados y los domingos… para estar con ella… vale, durante la semana también la veo, pero solo un ratito por la noche… siempre llega muy tarde… Odia su trabajo porque le lleva todo el tiempo… Y el viernes es mi día de cole preferido, porque me viene a recoger… cuánto está tardando. Ya ha venido la madre de Adrián y la de María y la de Alberto. Seguro que es por su trabajo…».

«Estoy agotada. Parece que estuviera llevando a cuestas una tonelada de piedras… Llego tarde, siempre igual, no paro… ¡Qué hambre! Los viernes es el peor día, como tardísimo. Seguro que Alex me espera con cara mohíno… lo que faltaba… bueno, se pondrá contento cuando le enseñe las pelis que le he comprado en el kiosco…».

«¡Ahí está! ¡Mamaaaaaá! No me ha oído. Qué guapa está, si es que es la mamá más guapa del mundo. ¡Mamaaaaaaaaá! Ay, Mari no me deja salir. Ya, hasta que no vean a un adulto no nos sueltan. Pues ahí está mi mamá. Hale, déjame, que hasta el lunes no nos volvemos a ver. Ojalá me ponga malo y no tenga que venir al cole… Además, así, a lo mejor mamá se quedaría conmigo… una vez lo hizo… ¡Mamá!».

«Pero ¿por qué pegará esos gritos? Si es que ningún niño lo hace… qué vergüenza… qué tonto, es que se pone más contento… es muy pequeño todavía… ya se me acabará, ya. Estoy agotada, a ver si como rápido, volvemos a casa y me echo una siesta…».

—¡Mamá! Tengo un dibujo en la mochila. Míralo, míralo. Es para ti.
—Hola hijo, ¿qué tal el cole? ¿Te has portado bien?
—Míralo, mamá, es para ti.
—Sí, pero déjame que lo saque, que es que no me das tiempo —Silvia saca el dibujo de la mochila—. ¡Qué bonito! Muy bonito, muy bonito. Hale, vamos, que tengo mucha hambre.

Silvia y Alex caminan, cogidos de la mano, rumbo al restaurante del barrio. Silvia quiere ir deprisa, pero los pasitos cortos de Alex se lo impiden. Tira de él, que va a la zaga.

—Mamá, hoy hemos empezado la letra d. Ya la sé hacer. Es muy fácil, no me ha costado nada…
—Bien.
—… primero la hemos escrito muchas veces y luego la hemos coloreado. La d es el señor Dinero, con el señor Dinero el rey U va a comprar el periódico y la reina A se compra unas flores. El señor Dinero siempre está con ellos, les sigue a todas partes. María José me ha dicho que lo he hecho muy bien…
—¿María José? ¿Quién es María José?
—¡La profe, mamá!
—Ah, claro, claro —la expresión de Silvia es de sorpresa y de vergüenza a un tiempo—, qué tontería, si lo sabía, ha sido un lapsus.
—¿Qué es un latus, mamá?
Silvia tira aún más fuerte de Alex.
—Venga Alex, hijo, que no tenemos todo el día. Que nos van a cerrar la cocina —Alex acelera la marcha.
—Y en inglés hemos aprendido canciones nuevas… luego cuando lleguemos a casa te las canto…

«Pero ¿por qué hablará tanto este niño? Es que no para. No puedo más. Estoy cansada. Necesito un poco de silencio y de paz… ha sido un día muy duro… una semana muy dura… solo pido un poco de tiempo para mí… en cuanto llegue a casa, una siesta… Por fin, llegamos…».

Madre e hijo entran en el restaurante. Alex ya ha comido en el cole, pero le gusta acompañar a su mamá los viernes, así le puede contar todo lo que le ha pasado durante la semana. Elisa, la camarera, una mujer entrada en años, con la mirada en el suelo y los pies arrastrando por todo el restaurante, toma nota a Silvia.

—Mamááá, ayer Jorge me pegó, siempre está pegando y chinchando…

Suena el móvil de Silvia. Es su hermana. Alex ve como el rostro de su mamá se ilumina. Silvia no para de conversar con su hermana, ríe y habla a gritos. Elisa le trae el primer plato y Silvia sigue hablando con su hermana mientras come.

«Jo, ya está otra vez hablando con la tía. Seguro que se pasan así toda la comida. ¿Me dormirá hoy mamá? Me gusta cuando se sienta al lado de la cama y me da la mano. Me gusta su mano… suave y huele tan bien… siempre huele bien… lo noto cuando me acaricia el pelo… a ver si hoy no está muy cansada y… papá me gusta también, pero no es lo mismo… mamá, a veces, apoya la cabeza en mi cama y yo creo que se queda dormida también ella. Qué bien huele su pelo… siempre tan brillante… me gustaría ser moreno, como ella… ¿cuándo van a dejar de hablar? Jo, qué rollo. Bueno, no importa, mañana vamos al teleférico y le voy a esconder el móvil. Me encanta el teleférico, volar por los aires… y se ve todo tan pequeñito, los árboles, la gente, parecen hormigas… jajaja… eso dice mamá. Estuvimos el año pasado… me gustó mucho… que sea ya mañana, que sea ya mañana… ¡este va a ser el mejor fin de semana de mi vida! ¡Se está despidiendo! ¡Por fin! ¡Anda, que eres una pesada, tía Sole!

Silvia cuelga el teléfono.

—Mamá, mamá, mañana en el teleférico, me tienes que prometer un helado cuando lleguemos a la casa de campo…
—Ay, Alex, mi amor, este fin de semana no va a poder ser. He tenido una semana de mucho trabajo, pero aún no he acabado y me he traído unas cosas que tengo que terminar… Lo siento, Alex, te prometo que el próximo fin de semana… pero mi amor, tengo una sorpresa para ti… ¡te he comprado dos películas en el kiosco! ¡Puedes verlas este fin de semana… las dos!

pantallas

Alex quiere romper a llorar, pero se contiene. «A mamá no le gusta que llore, se pone muy triste». Hay un gran silencio.

—Mamá, me dejas el móvil para echar una partida.
—Sí, claro, mi juguetón.

Silvia le acaricia el pelo. Le pone el juego, porque Alex todavía no sabe ponerlo. Alex se enfrasca en la partida. Silvia se enfrasca en el periódico.

Elisa le trae el postre a Silvia. «Otra vez con la móvil, este niño se pasa la vida jugando a las maquinitas. Es que no hacen otra cosa los niños de ahora.»

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