La mujer en la literatura

Emily Dickinson, poemas de una mente privilegiada (1830-1886)

Emily Dickinson: poemas de lo infinito y lo finito

El universo de Emily Dickinson es infinito, pero hacia dentro; de piel afuera está flanqueado por las cuatro paredes de su habitación. Y eso es lo que contienen sus poemas: la infinitud y lo doméstico.

Como si el mar se retirara
y mostrara un mar más lejano;
y ese, otro aún más lejano;
y el tercero no fuera sino la conjetura

de series de mares
no visitados por las costas;
y estos mismos, el borde de otros mares.
Esto es la eternidad.

El viento comenzó a mecer la hierba. Emily Dickinson

emily dickinson poemas
Ilustración de Kike de la Rubia para El viento comenzó a mecer
la hierba,
de Emily Dickinson.

Se puede apreciar lo infinito en la profundidad con que comprende al ser humano y su mundo pequeño en cuanto íntimo. En su gran espiritualidad, apartada de toda religión y sus convencionalismos. En su profundo amor por la naturaleza, en la cual ve a Dios. En su gran sensibilidad. Lo doméstico se distingue en las imágenes que conforman su mundo poético. En aquello que sabe describir como nadie.

Mirar en la cajita de ébano, con devoción,
cuando los años han pasado,
sacudiendo el aterciopelado polvo
que los veranos han posado.

Levantar una carta hacia la luz,
oscurecida ahora, con el tiempo;
repasar las palabras desvaídas que,
como el vino, un día nos alegraron.

Tal vez, encontrar entre sus cajoncillos
la arrugada mejilla de una flor,
recogida hace mucho, una mañana,
por una galante mano desaparecida.

Un rizo, quizás, de frentes
que nuestra constancia olvidó;
tal vez, un antiguo adorno
de una moda que ya pasó.

Y después, dejarlos reposar de nuevo,
y olvidarnos de ellos,
como si la cajita de ébano
no fuera asunto nuestro.

El viento comenzó a mecer la hierba. Emily Dickinson
emily dickinson poemas
Ilustración de Kike de la Rubia para El viento comenzó a mecer
la hierba,
de Emily Dickinson.

Algunos guardan el Domingo yendo a la Iglesia —
Yo lo guardo en mi casa —
Con un jilguero en vez de Coro —
Y por Cúpula un Huerto —

Algunos pasan el Domingo con la Sobrepelliz —
Yo solo con mis alas —
Y en lugar de tocar las Campanas a Misa,
Nuestro Sacristanillo —canta.

Dios predica, notable Sacerdote —
Y el sermón nunca es largo,
Así, en lugar de ir al Cielo al final —
Me voy desde el principio.

Poemas. Emily Dickinson

La figura de Emily Dickinson, tan singular como sus poemas

Nunca deja de sorprenderme la personalidad de esta mujer:

  • La mayor parte de su vida no salió de su casa y los últimos años ni siquiera de su habitación. Fue una reclusión voluntaria, sosegada y sin dramatismo.
  • Sus relaciones, aparte de la familia, eran pocas y sobre todo epistolares. Cuando alguien iba de visita a su casa no salía a recibirlo, no se dejaba ver. Y cuando transigía, pocas veces bajaba: normalmente lo que hacía era ponerse en el umbral de la puerta de su habitación y hablar con la otra persona, que se hallaba en el piso de abajo, al pie de las escaleras. 
  • Podrías pensar que debía de ser débil o pusilánime, pero no era así: «Un mediodía, en la mesa, Edward [el padre de Emily] pregunta irónicamente varias veces seguidas si es “necesario” que pongan delante de él una fuente imperceptiblemente desportillada. A la tercera pregunta, Emily se levanta bruscamente, se apodera de la fuente y la pulveriza en el jardín, contra una piedra: hágase tu voluntad, padre que no soporta la vista de un solo defecto en la materia o en las almas». (La Dama Blanca. Christian Bobin.)
  • A partir de la muerte de su padre, comenzó a vestir de blanco. «¡Estamos de luto!», le dijo su hermana escandalizada. «Yo también», contestó desesperada Emily, para quien la pérdida de su padre fue un durísimo golpe.
  • Escribía sin parar, de madrugada, en el silencio de la casa dormida, noche tras noche, año tras año. Sin embargo, no publicó más que cinco poemas en vida. Gran parte de sus escritos, mientras ella vivió, no los leyó más que ella.
escritora siglo xix
Emily Dickinson.

¿Y entonces?:

¿Cómo se puede tener esa capacidad creativa —escribió 1 000 poemas— estando recluida entre cuatro paredes? ¿De dónde nacen las palabras? Tenemos la idea de que el escritor debe alimentarse de los sucesos del mundo, de la observación, de la experiencia… ¿cómo una experiencia tan limitada pudo generar una poesía tan fértil?

Así llego a la conclusión de que el mundo es infinito de piel para fuera, pero también de piel para adentro. Un universo infinito y lleno de riqueza se despliega en nuestro interior, capaz de alimentarnos y de hacer emerger cientos de versos. Somos inmensamente ricos. Y eso nos lo demostró Emily Dickinson en sus poemas.

La Luna está lejos del Mar —
Y sin embargo, con sus Manos de Ámbar —
Lo lleva —dócil como a un Niño —
Por las Arenas designadas —

Nunca se aparta el Mar un Grado —
Obediente a Su Ojo
Se aproxima lo justo — a la Ciudad —
Y lo justo — se aleja —

Tuya es, Signor, esa Mano de Ámbar —
Y mío — el Mar distante —
Obediente a la más mínima orden
Con tu ojo puesto sobre mí —

Poemas. Emily Dickinson

¿Y entonces?:

¿Escribir por el placer de escribir?, ¿por la necesidad de escribir? ¿Escribir sin la necesidad de que haya un lector al otro lado? Fortaleza. Autosuficiencia. ¿Seguridad? Somos tantos los escritores que estamos hambrientos de mirada. Emily Dickinson nos mostró, poema tras poema, a una mujer que no desfallece, que sigue escribiendo con la conciencia de que lo más probable es que nunca publique.

escritora del siglo xix
Emily Dickinson, la Dama Blanca.

Emily Dickinson, una vida honda

Emily Dickinson es una de las poetas más destacadas del siglo XIX. Y su vida fue audaz, pero no de la manera corriente. Si te interesa saber más sobre otras escritoras del siglo XIX, puedes pasarte por el artículo de Mary Shelley (1797-1851), la biografía de una gran mujer.

Emily se pasó toda la vida levantándose de madrugada para escribir. Cuando tenía un número suficiente de poemas, los juntaba y cosía ella misma y los guardaba en el cajón.

Amó a sus padres, sobre todo a su madre, y su pérdida supuso un gran sufrimiento. «Las dos cosas que perdí con la infancia: el encanto de perder los zapatos en el barro y volver a casa descalza, buscando en el agua las flores rojo cardenal, y los reproches de mi madre, más preocupada por mí que por verdadera contrariedad, pues si fruncía el ceño, era sonriendo.» (La Dama Blanca. Christian Bobin.)

Emily se enamoró unas cuantas veces. La última del juez Otis Philips Lord: «La exultación me inunda, no encuentro ya mi cauce —el arroyo se vuelve mar cuando pienso en usted». (La Dama Blanca. Christian Bobin.)

Emily murió a causa de una nefritis que la hizo sufrir mucho, meses antes. El año de su muerte escribió en una carta a su prima: «Me llaman».

Tras su desaparición, Lavinia, su hermana, encontró en la habitación de Emily 40 volúmenes encuadernados a mano con 800 poemas que nadie había leído. Fue esta quien hizo por publicarlos, convirtiéndola en una de las poetisas más importante de todos los tiempos.

Si quieres saber más de su vida, puedes leer el artículo de Biografías y vidas.

Morí por la Belleza — mas apenas
Ajustada en la Tumba
Cuando Uno que murió por la Verdad, yacía
En una Habitación contigua —

Me preguntó amable «Por qué había fallecido»
«Por la Belleza», le contesté —
«Y yo — por la Verdad — son Una sola cosa —
Hermanos somos», dijo —

Y así, cual los Parientes, que se encuentran de Noche —
Hablamos de una a otra Habitación —
Hasta que el Musgo nos llegó a los labios —
Y cubrió — nuestros nombres —

Poemas. Emily Dickinson

Dios dio un pan a cada pájaro,
pero solo una migaja a mí.
No me atrevo a comerla,
aunque perezca.

Tenerla, tocarla,
es mi doloroso placer.
Confirmar la hazaña que hizo mío el pedacito.
Demasiado feliz, en mi suerte de gorrión,
para codicia mayor.

Puede haber hambruna en torno mío
que yo no perderé una miguita siquiera.
¡Tan espléndida mi mesa resplandece!
¡Tan hermoso mi granero se muestra!

Me pregunto cómo se sentirán los ricos,
los maharajás, los condes. Yo creo
que, con solo una migaja,
soy soberana de todos ellos.

El viento comenzó a mecer la hierba. Emily Dickinson
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Ilustración de Kike de la Rubia para El viento comenzó a mecerla hierba, de Emily Dickinson.

¿Has leído los poemas de Emily Dickinson? ¿Conocías su vida? ¿Qué opinas del proceso creativo?

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Poemas. Emily Dickinson

La Dama Blanca. Christian Bobin

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2 Comments

  1. Beatriz

    4 octubre, 2019 at 7:35 am

    Excelente artículo, había leído algo de ella. Un caso de lo más curioso.

    1. Mahandeep Kaur

      4 octubre, 2019 at 9:43 am

      ¡Gracias!

      Sí, lo más curioso para mí es que todo apuntaría a una mujer débil, asustadiza, y sin embargo, leyendo sus poemas y por lo que sé, no parece que fuera así.

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